martes, 14 de junio de 2016

¿Qué hacer con nuestra realidad?
Por: Odoardo León-Ponte.
Recientemente Saudi Arabia emitió su plan 2030 (http://saudigazette.com.sa/saudi-arabia/full-text-saudi-arabias-vision-2030/) que debe ser  lectura obligatoria como documento de interés general y para buscar alguna orientación y comparación con lo que hemos venido haciendo a través del tiempo en este, nuestro país  y orientarnos sobre la necesidad de introducir nuevos enfoques de  dirección que deberíamos tomar. Nos daremos cuenta de que necesitamos redefinir y anotar expresamente los conceptos que nos deben guiar y que en general hemos dado por sobre entendidos, a pesar de que nunca los hubiéramos definido y que, con el correr de los años, hemos dejado que se disipen si es que alguna vez fueron remotamente  claros. (¿Por qué no tenemos un Museo de El Libertador?) El desorden y el desastre que nos aquejan hacen necesario un corte de cuentas en el que debemos definir quiénes somos y que queremos, cuáles son nuestras bases para considerar que somos un país; en fin que determinemos nuestras fortalezas como comunidad, basadas en nuestra historia y en nuestro cierto presente y tracemos una ruta que nos guíe en nuestra travesía en este mundo cambiante en el que se nos hace tan difícil sobrevivir y participar. Además, y guardando las diferencias, estaríamos viendo cómo piensa el líder exitoso de la OPEP, lejano en algún parecido con nosotros, sobre todo en su manera de pensar sobre hacia dónde dirigirse y por qué. Nótese que en sus planes ellos no hablan de derecha, izquierda, centro, comunismo, nuevo hombre, socialismo, pueblo, etc., que parecen ser los principales vocablos que nuestros líderes son capaces de utilizar en la definición de nuestras orientaciones.

El Plan de Saudi Arabia habla de bases, razones, y, sobre todo, de metas medibles y comparativas contra la realidad a nivel mundial en cada actividad. El plan, que fija las metas transitorias hasta el 2030, reconoce las fallas en la oferta versus las aspiraciones de la gente y acepta abiertamente en un documento que es público, que es necesario atraer e incorporar plenamente la inversión privada, los recursos humanos calificados de primer orden y desarrollar e incrementar la actividad de las ONG’s. El plan habla de salud y vida, de la familia como piedra angular de la educación de los hijos; promueve el apoyo al sector privado para que compita con el sector público. Habla de diversificar (¿desde cuándo  no oímos hablar de eso?) los recursos y la economía, de la apertura hacia el mundo (y no del enconchamiento “¿protector?”), de la privatización de servicios gubernamentales. Habla de metas comparando con lo actual y lo usual en los países desarrollados; reconoce las fallas, prohíbe la corrupción. Claro que hay gente que piensa que es un plan ambicioso, pero el plan mismo lo reconoce y, por ende, fija la ruta, las acciones y el compromiso necesarios para llevarlo a cabo. Claro, ellos también han aprovechado la bonanza petrolera que nosotros hemos desperdiciado y están en una posición privilegiada (“al César…) y eso hace que su plan sea viable y tenga las bases para sustentarlo, pero no hace que nosotros no necesitemos en mayor grado un plan ajustado a nuestras tristes realidades sino que, además, hace que para nosotros sea indispensable, más aun, la formulación de un plan reñido con todas las malas prácticas que hemos desarrollado y que conocemos, tanto del pasado como del presente. Hace necesario que nos incorporemos a un nuevo plan de desarrollo partiendo de cero o de lo poco que nos queda y con lo cual podamos contar. Para Saudi Arabia es cuestión de lograr el mayor progreso posible: para nosotros es cuestión de vida o muerte.
Caracas, Junio de 2016.
odoardolp.blogspot.com

@oleopon   

lunes, 6 de junio de 2016

Nuestra realidad.
Por: Odoardo León-Ponte.
A mediano plazo, el petróleo ya no será capaz de proveer los ingresos necesarios para un estado como el que hemos creado, sin que tenga ninguna otra fuente de ingresos, ya que la inflación, la reducción de los ingresos de la gente y la falta de divisas para la importación de todo lo que necesitamos para producir, consumir o servir nos ha llevado a convertirnos en un estado fallido. Hasta ahora, la orientación de izquierda de nuestros gobiernos solo ha permitido que hayamos vivido una montaña rusa que podrá habernos dado emociones intensas y breves, pero que, en fin de cuentas solo ha aportado un retroceso relativo desde que nacionalizamos el petróleo. Todo como producto de la inexistencia de un proyecto de país y por dejar convertir las gestiones de los gobiernos en la aplicación de las fantasías de cada uno de los gobernantes de turno, en cuanto a la orientación del país: la sobreposición de las ideas de los gobernantes sobre las de los partidos políticos, en general, en preferencia a la escogencia de una ruta guiada por un diseño de país entendido por todos y elaborada por todos esos partidos políticos.

La ruta de la estatización, de la propiedad y explotación por parte del estado de los recursos naturales, de los medios de producción y distribución, de la construcción y el uso de la intervención como recurso del estado para fijar las reglas económicas de forma innatural, aparte de que nunca nos han dado un resultado verdaderamente positivo y mucho menos ahora cuando se ha exacerbado, ya no solo no nos podrá dar los resultados prometidos, sino que ya no puede ser en ningún caso una ruta viable. El país no tiene divisas ni ingresos suficientes para su subsistencia y la población pasa más hambre por la falta de comida y por la reducción de sus ingresos y profundiza sus enfermedades o muere por la falta de medicinas e insumos médicos. Y no hay una válvula mágica que repentinamente nos vaya a resolver el predicamento en el que nos encontramos, con la aplicación en forma reducida de los mismos parámetros de acción política anteriores a o iguales a los actuales. No se logrará pasar de la tragedia actual a una ruta de progreso usando los parámetros anteriores a este régimen: con el simple cambio en medidas económicas y el uso de créditos provenientes del exterior, como dicen muchos pensadores que se dicen de actualidad. Se ha demostrado desde la aparición del petróleo que hemos crecido solo en forma ecléctica y por espasmos, cuando la suerte del petróleo nos ha bendecido. De resto, mal. Y como durante la última inmensa bonanza del petróleo, creyéndonos los reyes imbatibles, al igual que en el pasado, no se tomaron las medidas necesarias para reformar nuestro enfoque izquierdista y lograr ampliar las bases para nuestro desarrollo, hoy deberíamos entender que no nos queda más remedio que cambiar nuestro enfoque político y diseñar, por primera vez, un proyecto de país. No dedicarnos a enmendar los extremos a los que nos ha llevado este régimen indigno (ayuda para  los jubilados que aun con esas ayudas sufren las consecuencias de la realidad del país en que viven, ni fijarle a los maestros un sueldo que no se les puede pagar y que no alcanza), sino a diseñar un nuevo rumbo a seguir para que podamos asegurarle al país una nueva fórmula de progreso: no las fórmulas constantes implosivas de los partidos de siempre, que nos han llevado a donde estamos, sino nuevos enfoques enmarcados dentro de lo que exige el mundo en constante cambio del cual queremos formar parte.

El reto que tenemos es en serio. ¿Cómo cambiar las reglas de nuestro juego para que tengamos éxito? Otros lo han hecho, lo están haciendo o se inician en ello. No basta con cambiar al jefe de estado; hay que cambiar el concepto de país. No sigamos pensando en sembrar el petróleo: nuestros campos están desérticos cien años después y ahora no tenemos “oro negro” que sembrar. De alguna manera las ideas de antaño o las de hoy ya no nos sirven. ¿Podremos crear nuevas fórmulas? ¿Quiénes y cuándo tomarán las riendas de ese cambio mientras otros se ocupan del día a día?
Caracas, Junio de 2016.
odoardolp.blogspot.com

@oleopon     

viernes, 3 de junio de 2016

El Petróleo y nuestro futuro.  
Por: Odoardo León-Ponte.
Venezuela, país petrolero, ha caído en un estado de insolvencia cuya magnitud se conocerá cuando salgamos de estos largos años de un nefasto régimen. Pero como las “oportunidades las pintan calvas” es el momento, por necesidad imperativa, de cambiar todos nuestros paradigmas de ”estatización” en materia petrolera (y en todas las otras áreas) desarrollados a lo largo del período comprendido entre 1945 y esta fecha. No tenemos marcha atrás, debido a nuestra insolvencia financiera y de recursos humanos. ¿Por qué nuestra  insolvencia?
Primero: el petróleo requiere una fuente ininterrumpida de inversión y de gente calificada para su desarrollo y permanencia y para  aprovechar las oportunidades de crecimiento, compensar los altibajos de los precios que no dependen de nosotros sino de las circunstancias económicas y políticas de un mundo que nosotros no controlamos y que debe ser independiente de los requerimientos para otros propósitos del estado. Esto hace necesario derivar nuestro futuro hacia una amplia gama de soportes que solo se podrá lograr a través de la inversión proveniente de la empresa privada que dispone de los fondos (nosotros nos hemos convertido en unos limpios), el personal y la tecnología, propia o adquirida, para desarrollar, tanto el petróleo como las otras actividades. De esa manera el petróleo y las otras actividades, a través de los impuestos y las divisas que puedan producir, permitirán mantener un estado austero e importar productos, materias primas e insumos para la industria, el comercio y los servicios, tanto públicos como privados. Segundo: El estado debe implantar políticas de apertura que conduzcan al desarrollo de la industria y de la agricultura, dejando que sea ese sector el que determine la forma en que se crearán y expandirán las áreas de producción, proveyendo ese estado las reglas y reglamentos para su desarrollo, regulando en forma ágil y no obstaculizadora, su desenvolvimiento. Aquí debemos incluir al turismo en el que tenemos dádivas de Dios que no hemos sabido explotar. Aprendamos de los mexicanos y los españoles. Tercero. Con los fondos del petróleo y de la actividad industrial (incluyendo el turismo) y agrícola, a través de los impuestos, se generarán los fondos necesarios para que un estado, austero y honesto en vez de dispendioso y licencioso con la corrupción, atienda a las necesidades básicas de la población, conducentes al Desarrollo Humano, en materia de salud, educación, seguridad, trabajo, capacitación y participación, junto con el sector privado. Fuera quedan las ínfulas de un estado omnipotente que maneje actividades, salvo la educación, la salud, la seguridad y la capacitación, todas gratuitas, y la defensa de la patria.

Lo anterior es “libro primario” en el mundo de hoy, por lo que en nuestro caso debemos buscar  los caminos distintos a los que hasta ahora hemos seguido, plagados de ideas de izquierda, (de librito imposible) que debemos reemplazar con criterios de desarrollo de las necesidades de la gente, determinadas por, para y con ellos, en función del Desarrollo Humano y de generación de fondos a través de los impuestos en contraste al rentismo que ya no es posible. Aparte, es necesario que nuestros líderes políticos incorporen a su creencia los conceptos y criterios propios de estadistas, se aboquen a ellos y se ocupen de llevar a cabo un ejercicio que diseñe el nuevo país que todos necesitamos y queremos y que podamos tener. El “colega” líder de la OPEP, Saudi Arabia, que puede  producir todo el petróleo que le dé la gana, ha diseñado un Plan 2030 que podría servirnos de modelo en cuanto a qué se puede hacer y que se puede leer en  http://saudigazette.com.sa/saudi-arabia/full-text-saudi-arabia-vision-2030/. Ellos no tienen nuestros problemas, sino otros, pero miran al futuro y no al pasado. Eliminemos nuestros retrovisores y pensemos en nuestro futuro con mente limpia y enfoques nuevos y progresistas.     
Caracas, Junio de 2016. odoardolp@gmail.com  odoardolp.blogspot.com @oleopon




miércoles, 1 de junio de 2016

¿Cuál es nuestro problema?
Por: Odoardo León-Ponte.
La membresía de los pensantes en nuestro país analiza la situación desde el punto de vista de sus aspectos financieros y piensan que ella puede resolverse con el rescate de las finanzas del país y lo intentan pensando en el rescate del petróleo pero basándose en el rescate de Pdvsa. Sin duda que el rescate financiero del país es indispensable para salir adelante y en cualquier caso habrá que pedir prestado en cantidades enormes como lo tuvo que hacer Grecia. Pero hablemos de Pdvsa, bajo la premisa de que una empresa para ser efectiva y exitosa debe reunir, entre otras, ciertas características: idoneidad, profesionalismo, capacidad, eficiencia, productividad, capacidad e independencia financiera y técnica en cuanto a sus decisiones, pero sobre todo en cuanto a su orientación. ¿Qué ha llegado a ser Pdvsa Siglo XXI?

Desde el punto de vista financiero Pdvsa no dispone de suficiente capital, ni ingresos, ni para inversiones ni para el mantenimiento de su planta ni de sus operaciones. Está sobredimensionada en cuanto a su nómina, orientada, además, a actividades que no le son propias. Su personal es proclive a y acata las pautas políticas que le fija el ejecutivo y no tiene la capacidad ni las características necesarias para operar lo que tiene, (su producción, refinación y ventas vienen descendiendo desde 1999) sea de petróleo o de otra índole. La plante física de la empresa está en el suelo y es imposible que pueda actualizarse de un día para otro para volver a su capacidad instalada de fines del Siglo XX, mucho menos a las nuevas dimensiones cónsonas con los mayores requerimientos del país. Su potencial y capacidad de producción han tomado un curso de reducción como consecuencia de su incapacidad por la decapitación realizada por el desaparecido: despidió a todo el personal idóneo de alto nivel y capacitación y dejó la actividad en manos de la gente menos capacitada e insuficiente numéricamente: una brecha insalvable. Los ingresos de Pdvsa no cubren sus necesidades y por ello su operación es financiada con préstamos del Banco Central de Venezuela. Además Pdvsa está sobregirada en su capacidad de endeudamiento de modo que más bien se estima que podría haber un “default” en cualquier momento dentro de la estructura financiera reducida del estado y de la dependencia de ambos de la suerte del petróleo. Una parte importante de su producción está comprometida en suministros que no generan ingresos directos producto de su actividad. Su planta física de antaño ha sido reducida en el exterior hasta el punto de que ahora ofrece descuentos en sus precios a los refinadores. Sus ventas son minoritarias en cuanto a aquellas que le son pagadas en efectivo y de inmediato y su principal, más cercano y menos costoso mercado se ha reducido en función de las decisiones políticas que han afectado su actividad, dándole preferencia a mercados menos rentables y más distantes. Pdvsa, que se encuentra en las condiciones antes enunciadas, es accionista mayoritaria de las empresas mixtas cuyas operaciones debe dirigir dentro de su incapacidad instalada desde el punto de vista numérico, de calificaciones y financiera. La Faja que es “la mayor reserva de crudo del mundo” (aunque ello se haya determinado unilateralmente fuera de los parámetros aceptados internacionalmente) es del tipo de crudo de menor valor, de peor calidad y de mayor costo del mundo (en el pasado se la identificó internacionalmente como “bitumen”) y requiere inmensas inversiones, tecnología (en manos de las empresas privadas) y tiempo para llegar a un determinado nivel de producción, de modo que la probabilidad de que la Faja se convierta en el desiderátum desde el punto de vista de la solución a nuestros problemas financieros presentes y futuro es una quimera.

¿Puede alguien sensato considerar, a la luz de las realidades antes expuestas, Pdvsa sea recuperable o siquiera viable? ¿Y qué piensan los políticos de turno? ¿Cuál sería la nueva estrategia: el nuevo rumbo?
Caracas, Junio de 2016.
odoardolp.blogspot.com

@oleopon  

martes, 24 de mayo de 2016

El petróleo como ejemplo.
Por: Odoardo León-Ponte.
A Venezuela se la conocía, inicialmente, por los petrodólares y después y además, por sus bellas mujeres. Ahora se la conoce por sus bellas mujeres, por su corrupción y por su tragedia humana. Triste realidad. Y para muestra un botón.

Cuando los países árabes comenzaban a aparecer en el panorama petrolero, éramos el mayor productor del mundo, nos sobraba el dinero, pensábamos que éramos los reyes y nos arropábamos hasta donde nos llegaba la cobija. Una subida repentina de los precios del petróleo nos envalentonó y nuestros gobernantes pensaron en la conveniencia de “ponerle la mano al petróleo”. Y lo hicieron. Y comenzó el descalabro. Ya no había límite a lo que podríamos hacer con el petróleo, disimulando que lo queríamos para el desarrollo del país y no con fines políticos. Y cien años después estamos relativamente peor que al comienzo: hoy no tenemos medicinas, ni comida, ni insumos, ni dólares provenientes del petróleo; ni futuro. Panorama tétrico y sin mayores posibilidades de cambiarlo si seguimos con la misma mentalidad política. Creen los políticos que lo único necesario es cambiar el gobernante. Lo demás puede esperar o es remediable.

Al petróleo, al comienzo los gobernantes le permitieron desplegar las alas necesarias para que volara alto. De repente, con la convicción de ser los únicos poseedores de la verdad y escudándose detrás del supuesto interés nacional, por la convicción política de que el “capitalismo” privado extranjero no tenía buenas intenciones ni podía contribuir al desarrollo verdadero de nuestro país, aun cuando nos había sacado del anonimato ( y pensar que el lema de la Shell era: “Asociados al progreso de Venezuela”), los gobernantes de turno comenzaron a desplegar las interferencias necesarias para frenar el mayor desarrollo posible del petróleo, bajo la supuesta convicción de que ello iba en línea con los intereses del país: ideas de izquierda de moda, que paulatinamente nos fueron llevando por un camino lleno de espinas, a pesar de que había otras opciones y alternativas que nos hubieran podido llevar a sitiales de mayor importancia, estabilidad y seguridad económica, social y política. Pero el poder del estado presidencialista y todo poderoso, aunado a la creencia política de que, como país rentista de una inagotable y siempre más que suficiente fuente de riqueza, nos llevó a estatizar el petróleo y otras actividades relacionadas con actividades de interés e importancia “estratégica” que debían estar bajo el control del estado.

Hoy, después de viernes negros, controles de divisas, caracazos , altibajos petroleros, socialismo del Siglo XXI, cierre paulatino del petróleo como “fuente inagotable de la riqueza siempre prometida” ,anarquía,  con una actividad industrial minimizada, con una preponderancia extrema de la interferencia e intervención del estado en todos los órdenes, con un éxodo de recursos humanos; sin fondos y con una corrupción y militarización sin parangón, nos encontramos ante la disyuntiva de no poder resolver el crucigrama patético al que nos enfrentamos.

Otros países dentro de la misma actividad y dependencia, aunque con más cerebro que nosotros, como es el caso de Saudi Arabia, ya se han dado cuenta del cambio de mentalidad que es necesario para adecuarse a los cambios del mundo y comienzan a tomar las medidas para ajustarse a las nuevas realidades presentes pero sobre todo futuras. Nosotros, en cambio, seguimos aferrados a nuestra eterna creencia y decimos que solo es necesario salir del gobernante y que sin dólares, ni riqueza, ni gente, ni comida, ni medicinas, ni nada y tan solo pidiendo unos reales prestados, podemos salir adelante y desmarcarnos de éste atolladero. Parecería más conveniente pensar y actuar en función de verdaderos nuevos horizontes para ajustarnos a la era post petróleo después de cien años de despilfarro.
Caracas, Junio de 2016.
odoardolp.blogspot.com

@oleopon       

jueves, 19 de mayo de 2016

Estatización, centralización, partidización, presidencialismo.
Por: Odoardo León-Ponte.
El epígrafe nos define la fórmula de nuestro fracaso como país, por cuanto, en mayor o menor grado y en su conjunto, esas han sido las razones de haber hecho lo que hicimos. Agreguémosle la pintura roja de la izquierda y tendremos todos los ingredientes y habremos definido lo que hay que cambiar para tener el éxito que ansiamos aunque, en lo personal o institucional, perdamos el poder y aun cuando sea realidad el certero análisis de Moisés Naim sobre las realidades del poder en el mundo de hoy. También es necesario definir nuestro entendimiento de lo que significa “pueblo”: ¿realidad o mito electoral? Está más que comprobado, por otra parte, que toda organización tiene un límite a su capacidad basada en la idoneidad de sus dirigentes y en la independencia de su acción y hay elementos contundentes que indican la necesidad de delegar para lograr el éxito. Más aún, no siempre tenemos la razón ni es importante tenerla siempre; hay que vivir las realidades. No podemos culpar a otros de nuestros males, ya que siempre los resultados de nuestra gestión son producto de nuestras acciones. Si aplicamos el código antes expuesto, hay mucho que cambiar y el pasado nos enseña que nuestra realidad actual se debe a nuestros errores pasados y presentes, aunque haya diferentes dimensiones en el tiempo. Igualmente debemos ser prudentes y resguardar a la y morales. Adicionalmente, debemos pensar que en nuestro caso, los errores han hecho que los dirigentes políticos no puedan seguir con las mismas prácticas por razón de las nuevas realidades del país en cuanto a los recursos financieros y humanos del país. Esta última es la única buena noticia, si la tomamos como punto de partida para lo que debe ser un cambio radical, inaplazable e impostergable en la definición de un nuevo país y su consecuente nuevo rumbo.

Estatización. Tres ejemplos: Pdvsa, Cantv y las empresas de Guayana. Cuando las manejó la empresa privada funcionaron bajo criterios de excelencia y no hubo límite a su progreso, salvo el impuesto por las autoridades del momento. En manos del estado no pudieron crecer ni proveer lo necesario y eventualmente han llegado a lo que conocemos.

Centralización. Dos ejemplos: Corpoelec e Hidro Capital. Cuando había empresas regionales y una independencia basada en la determinación de necesidades regionales o sectoriales, hubo desarrollo. Hoy tenemos un país plagado de apagones y escasez de agua; de dos derechos humanos modernos fundamentales y con un futuro incierto en cuanto a la disponibilidad continuada de esas necesidades esenciales.

Partidización. Ahora, hasta los uniformes de todas las oficinas y empresas del estado acaparador, ineficiente y sectario (ates se podía ser adeco, copeyano o comunista sin problemas) son de color rojo.

Presidencialismo. La publicidad del estado se ocupa de engrandecer hasta el extremo, con enfoques seudo religiosos, la persona del presidente de turno o del anterior y se define la actitud partidista en función de la persona del presidente. Se actúa para las gradas dejando por fuera a la gente en sus verdaderas necesidades aun cuando se les prometan villas y castillos.

Agreguémosle al panorama la realidad de un estado quebrado y desmembrado, con escasos recursos financieros y humanos; de una población deteriorada en su capacidad personal, más dependiente de dádivas y desorientada en sus criterios de comportamiento. Incorporemos la desaparición de los enfoques institucionales, la necesidad de una orientación estricta para los sectores públicos y privados y la corrupción rampante. ¿Qué tenemos? ¿Y cómo lo podemos resolver? ¿Con más de lo mismo? ¿Cuál es la fórmula para deshacer todos esos nudos que harían imposible el cambio que necesitamos? Tenemos que vivir las nuevas realidades y desarrollar procederes acordes y modernos. No ganamos nada con retrotraernos a etapas anteriores que nos dieran progreso temporal pero no continuado. Es urgente.
Caracas, Mayo de 2016.
odoardolp.blogspot.com

@oleopon    

miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Qué hacer y cómo hacerlo?
Por: Odoardo León-Ponte.
El petróleo hasta ahora no nos ha servido para nada productivo en fin de cuentas. Estamos mucho peor que cuando se nos convirtió en una realidad avasallante, porque han transcurrido cien años y en esos cien años no hemos progresado más allá de nuestras narices y si consideramos la potencialidad de desarrollo que hemos malbaratado, solo podremos concluir que” hemos arado en el  mar”. Y si le agregamos a nuestra realidad el grado de corrupción (por lo inmensa que ha sido la tentación y la tolerancia) en el manejo de la riqueza petrolera que se ha insertado en nuestro modo de vida, tendremos que recapacitar sobre cómo emprender el retorno para convertir ese “oro negro” que ya no tenemos en la misma dimensión, en “oro amarillo”: en Desarrollo Humano; en convertirnos en un país con verdadero futuro, para lo cual debemos descartar los enfoques que hemos trajinado relativos al estatismo como una expresada conveniencia equivocada para el progreso del país. Sumemos a esto que ya el petróleo está asomándose al final de la ventana de excelencia que tuvo en el pasado y que nuestras necesidades se han multiplicado vertiginosamente por la falta de mantenimiento e inversión y el incremento de la población, a lo que hay que agregar la necesidad de atender a las oportunidades del bono demográfico.  Nuestras necesidades requieren una inmensa cantidad de fondos de la cual no dispondremos para invertir en generación de energía (eólica, térmica, hidráulica) y su distribución; infraestructura, servicios, educación, salud preventiva y curativa, seguridad, producción agrícola y pecuaria; producción, refinación y distribución de petróleo y gas, orientación ética y moral de la población, de los funcionarios públicos y del sector privado. Sin duda que es solo una muestra de la inmensa tarea que tenemos por delante si deseamos convertirnos en un verdadero país.

La propiedad por parte del estado de los medios de producción, distribución y venta de los productos y de los dólares se ha comprobado a través de esos cien años que no han conducido ni conducirán al progreso. Hemos estado aplicando medidas a destiempo y equivocadamente con un criterio político defendido con referencias a la situación mundial del momento sin que hayamos progresado. Todo lo contrario: hoy estamos más atrasados que nunca en relación con aquellos a quienes usábamos como punto de comparación al estilo del mal estudiante que defiende sus malas notas en base al número de raspados en su clase. Nunca nos hemos comparado con los que verdaderamente nos han aventajado y hoy son los líderes en el mundo. Y malos serán los resultados de esa comparación con los de siempre si la hacemos hoy. Ellos han progresado y nosotros hemos retrocedido. Nos queda la combatividad de nuestra gente que ha confiado en forma pacífica pero pasiva en las promesas de mayor libertad y democracia: en el progreso, que siempre se les ha prometido pero que ya comienzan a dudar que estemos en capacidad de lograr.  

Tenemos todos los espejos del mundo para mirarnos. El espejo del petróleo, de la educación, de la salud, de la seguridad, del militarismo, del engaño a la colectividad, de la falta de balance entre los poderes públicos, de la impunidad, de la deshonestidad (rampante e incontenible en su descubrimiento), de la indolencia, de la irresponsabilidad, de los tonos de rojo, de la incapacidad: un panorama trágico que no podremos resolver con nuestras promesas y acciones de siempre. La situación ha llegado a tal grado de descomposición que necesitamos diseñar un nuevo país: no el de Chávez de la constitución del  ’99 diseñada a su imagen y semejanza, sino la de un nuevo país que se enmarque dentro de parámetros morales, éticos y políticos de progreso que permitan que nos convirtamos en un país moderno con las bases y acciones correspondientes por parte de sus dirigentes, que hagan posible esa realidad.
Caracas, Abril de 2016. odoardolp@gmail.com odoardolp.blogspot.com @oleopon